El mejor regalo de cumpleaños

Ella estaba enamorada de él y era algo que no podía negar por más que quisiera; no sólo porque las personas a su alrededor lo notaban, ni porque él mismo ya lo sabía; sino porque su amor por él ya no se podía guardar, suprimir o mantener en secreto de ninguna forma.

Ella no quería amarlo, ya que sabía que él jamás sentiría algo por ella, porque sabía que al final ella lloraría y en soledad tendría que arreglar su corazón roto una vez más; que le contaría al viento que jamás volvería a enamorarse, que se encerraría en esa fortaleza donde se sentía segura, sin abrirle la ventana a ningún sentimiento de cariño por nadie, para no volver a querer, para no volver a sentir, para no volver a llorar…sólo por eso, ella no deseaba amarlo, ella no tenía la intención de acercarse a intentarlo, no quería abrirle las puertas de sus sentimientos y mostrarle esa pequeña parte de ella que no le había mostrado a nadie, que no había hecho por nadie, más que por él.

Desde el primer momento en que sus ojos se miraron, su corazón gritó “peligro” y mientras más se adentraba a esa profundidad y amabilidad, más deseaba jamás dejar de observar esa galaxia llena de secretos, maravillas y colores explosivos que ella estaba dispuesta a disfrutar.

A su lado, nunca dejaba de reír; él calentaba su corazón frío con una broma, con una caricia en forma de sonrisa. Sus ocurrencias le alegraban el día, su misticismo le atraía y asustaba como un eclipse solar. La espera para verlo era como una lluvia de estrellas; como la llegada del otoño, como cuando deseas sentir el agua de mar.

Estar junto a él le provocaba magnetismo, obligándola a acercarse cada vez más, sin poder impedir la fuerza de atracción al querer abrazar su cuerpo, tocar su cabello, sostener sus manos; intentar de alguna forma acariciar su piel de manera tímida, sin prisas, esperando el momento de poder ir más allá. La electricidad le recorría, de forma prohibida, por su cuerpo cada vez que le sostenía la mirada, en cada momento en que le regresaba la sonrisa; cuando suavemente sus hombros se rozaban, cuando lentamente se acercaban para decirse algo en secreto, cuando su corazón se detenía por el simple hecho de tenerlo cerca.

Cada día que pasaba, le quería más y más. Se preocupaba por su bienestar, deseaba su felicidad; escuchaba su dolor, entendía su tristeza, quería ayudar a esa persona de la que se enamoraba más y más. Compartían sus sentimientos, sus secretos; ella le abría su corazón, sus miedos y sus lágrimas; ella escuchaba sus problemas, le ofrecía su compañía en sus momentos de agonía, quería arrancarle los miedos y dudas con todo el cariño que ella le tenía aunque esa cercanía le doliera, fuera imposible y se resumiera en lágrimas e insomnios al no ser correspondida de la misma manera.

Ella estaba enamorada de él, aunque él sólo la viera como una gran amiga. A ella le dolía, poder estar cerca de él sin poder decirle que lo quería, sin poder expresarle con un abrazo, con un beso o con palabras, su amor por él. Ella no dormía, ideando planes para acercarse a él, para que él descubriera otra galaxia en ella, para que él la correspondiera. Intentó de todo, pero los resultados jamás llegaron; hablaban por horas, reían y compartían momentos mágicos que sólo tenían sentido para ella. Le entregaba su amor y cariño para calentar su corazón, para que él la mirara como ella lo hacía, como el cálido resplandor del sol en un bosque silencioso rodeado de nieve.

Muchas veces se rindió, incontables ocasiones ella se alejó, pero no podía abandonarlo, le quería tanto que dejar de hablarle, dejar de apoyarlo, dejar de mirarlo; incluso, dejar de pensarlo, le rompía el corazón, le quemaba por dentro; se le hacía el peor de los castigos, la peor de las agonías. Cientos de veces le lloró en silencio, miles de veces sus ilusiones se rompieron; muchas otras dejó de intentarlo, dejando de ver las estrellas, dejando de ver el cielo; dejando de ver ese universo que él provocaba en ella, destrozándose el corazón para no alejarse, por seguir amándolo, por querer tenerlo a su lado; aunque él nunca se diera cuenta, aunque él nunca se enterara, aunque a él nunca le importara.

Ella lo planeó, con mucho tiempo de anticipación: en su cumpleaños ella realizaría el último paso, sería el momento en el que ella decidiría seguir intentándolo o decirle adiós a ese amor que palpitaba dentro de su corazón. La ilusión la mantenía con mucha energía, ella lo vería todo el día, le haría una reunión sorpresa, estaría a su lado para darle su regalo, para que él olvidara por un momento, los problemas que le atormentaban. Estaba todo listo: la cafetería, el atuendo, la envoltura, las invitaciones. La adrenalina le subía, como si esperase un viaje, como si estuviera a punto de subir a un juego mecánico, como si esperase a ver a su grupo musical favorito salir al escenario para ofrecer un espectacular concierto, como cuando esperas el mejor regalo de cumpleaños para darte cuenta de que el viaje se canceló, que cerraron el parque de atracciones, tu grupo no salió a realizar la función y aquel presente fuera la desilusión, el sonido de los fragmentos de un corazón desprendiéndose lentamente, silenciosamente, dolorosamente, solitariamente; sin la posibilidad de quedarse completo, con la intención de no ser arreglado.

Él no acudió a la cita, ella supo las mil y un respuestas. Ella lo escuchó y lo entendió, abrazando ese corazón lastimado, dedicándole una melodía, una canción que resumía lo que ella sentía por él. Ella escuchó su agradecimiento, alejándose de esa maravilla con mucho dolor en forma de lejanía y frialdad. Ella dejó de hablarle, dejó de mirar sus ojos para evitar adentrarse una vez más a ese mundo lleno de estrellas, dejó de sonreírle y reír junto a él para que los restos de su corazón herido no palpitaran por un corazón que no palpita por ella.

Pero estaba enamorada de él, tanto que jamás lo dejaría; tanto que, a pesar de ver que esa dulce sonrisa no es hacia ella, ver que su felicidad no es con ella, ver que él observa a la distancia y ella no está incluida, jamás podría dejar de quererlo, de apoyarlo, de ser una “amiga” quien lo escucharía, quien secaría sus lágrimas, quien aliviaría su dolor con tal de verlo feliz, con tal de querer su bienestar y aunque no fuera junto a ella, ella jamás dejaría de verlo, como el mejor regalo de cumpleaños, que nunca pudo tener.

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