Ilusión

Se sentó en la orilla para ver el atardecer. Frente a ella se extendía el lago cuyas aguas oscuras reflejaban la montaña que se alzaba a su derecha. En ella, él sol se ocultaba para irse a descansar. Las lágrimas no dejaban de salir mientras el sonido silencioso de su corazón, que se hacía cachitos, interrumpía la calma de la naturaleza. ¿Cuánto tiempo más tendría que aguantar?, ¿Por cuánto tiempo debía seguir haciéndose la fuerte, reír a carcajadas e intentar diariamente encontrar un motivo para seguir viviendo cuando la balanza se inclinaba hacia el lado negativo y sombrío?

Estaba cansada, más bien, agotada de seguir buscando un pretexto para mantenerse con vida, de luchar contra todo y despertar al día siguiente respirando, funcionando como una máquina atada a una batería, a un enchufe, a un sustento de energía falsa donde debía actuar como lo programado. Estaba agotada de tener que fingir, incluso hacia ella, que todo estaba bien; tener que soportar el dolor y arreglarse una y otra vez, de creer que algo estaba mal con ella, en ella y lo que hacía. Ya no tenía fuerzas para continuar en un mundo, en una sociedad, en una existencia que la lastimaba más y más.

Miró el espejo del agua cuyo reflejo era falso, sólo una ilusión de la realidad, así como su vida, en la cual mostraba felicidad, risas y hermosura, pero que por dentro estaba oscuro, profundo y frío, como las aguas del lago que la invitaban a ser parte de él.

Lo había pensado muchas veces, que la mejor solución sería desaparecer para no volver, porque no encontraba otra respuesta para lo que acontecía día con día. Siempre que despertaba, lo intentaba, buscaba la forma de enfrentar a la vida, de hacerse su amiga, de encontrar lo bonito y una razón para seguir compartiendo junto a ella, su existencia en el mundo. Lo intentaba de verdad y por momentos parecía que todo se arreglaría, que por fin la felicidad la alcanzaría, pero siempre algo sucedía que la volvía a tumbar y nuevamente debía buscar la manera de salir. ¿Cuántas veces tendría que hacerlo? Su límite se agotaba, sus fuerzas escaseaban y cada vez se le hacía más difícil ver lo bueno, seguir aferrándose a algo que le lastimaba tanto.

Tenía miedo de hacerlo. Temía que le doliera o que fallara en el intento y que la vida se siguiera riendo, por eso tantas veces lo había dejado, continuando con ese camino que no la llevaba a ningún lado.

Pero ya había sido suficiente.

Se puso de pie y avanzó hacia las aguas frías del lago mientras el atardecer coloreaba su cuerpo. Estaba aterrada, pero ya no tenía nada que perder. Pensó en su familia, aquella que muchas veces le dio la espalda, quienes nunca se percataron de que ella no se encontraba bien, quienes no pensaban en ella, no la tomaban en cuenta o todo lo que ella hacía nunca era merecedor de orgullo, satisfacción o felicidad. Para su familia ella siempre estaba mal. Pensó en su mamá, quien la odiaría por abandonarla, sólo un defecto, una desilusión más a su lista, pero que con el tiempo se curaría, gracias a su fuerza y porque se quedaría con sus otros hijos que harían compañía para darle lo que ella nunca le pudo dar.

Pensó en sus amigos y en aquellas personas con las que se cruzó en su camino y que tal vez la extrañarían unos cuantos meses, un par de años, pero que se convertiría en un recuerdo más, ellos lo sabrían enfrentar, su ausencia sería remplazada por alguien más.

Pensó en sus sueños, ya había cumplido varios de ellos; había viajado, había hecho locuras, disfrutado de los pequeños placeres de la vida como la comida, la música y las vistas hermosas como la que se veía frente a ella. Había  trabajado en lo que más le gustaba, había conocido a su banda favorita, se había apasionado por muchas cosas y había sentido adrenalina, miedo, tristeza, desilusión, arrepentimiento y pérdida, no quedaba más por hacer.

Cuando el agua helada le llegó a la espalda, respiró con dificultad. El frío le atravesaba los pulmones con dolor, ese dolor que tantas veces sintió en el pecho, en su corazón que latía a pesar de estar destruido, a pesar de llorar todos los días por dentro.

La imagen de él apareció de repente en su mente a pesar de luchar por intentar no pensar en él. El hombre a quien había amado de verdad a pesar de ella no recibirlo igual. Lo había querido con intensidad, había hecho por el una infinidad de locuras; y aunque no conocería nunca la pasión de ser correspondida, de ser amada con el mismo ardor, con el ardor que ella tantas veces le mostró en cada canción dedicada, en cada abrazo, gesto, mirada; en cada sonrisa y lágrimas; no le importaba, con haberlo amado bastaba, porque junto a él se sentía completa, en paz y dichosa y aunque él tal vez no la extrañaría o tal vez ni le importaría, una lágrima más cruzó su rostro junto con el dolor más infinito jamás percibido al percatarse de que no lo volvería a ver nunca más.

Se arrodilló en la oscuridad del agua mientras veía por última vez la luz del sol. Se sumergió con dolor por el agua helada que se clavaba en su piel, en sus órganos, en su ser. El aire comenzó a faltarle y por un momento quiso salir para poder inhalar, pero esa sensación la conocía muy bien: ahogarse lentamente en la negrura, sin respirar, sin que nadie la pudiera rescatar; el cómo se le iba la vida para seguir junto a ella como una persona muerta. Conocía bien la sensación de morir, sólo que esa vez sería para siempre, ya no volvería a salir para tomar aire, para enfrentarse a la vida una vez más.

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