¿Por qué digo que escribo si no escribo?

Yo no sé por qué digo que escribo si ni siquiera escribo. Sostengo la pluma y me quedo mirando la hoja de papel en blanco por tanto tiempo que mejor me rindo y me pongo a hacer otra cosa como jugar un videojuego, leer, ver una película o dejo de auto engañarme y mejor digo que me pongo a hacer nada.

A veces me da tanta flojera ponerme a escribir ya sea porque: uno, no tengo nada qué contar, a pesar de tener muchas historias atoradas en la mente o aquella delgada venita que va desde el cerebro, pasa por el hombro, codo, manos, dedos y sirve para escribir, se pone en huelga y prefiere quedarse acostada viendo el techo blanco. Dos: porque leo algo que escribí con anterioridad y digo ¿¡qué demonios es esto!? Por lo tanto, el cuaderno es arrojado al cochinero de la habitación, el archivo de texto se va a la carpeta de “textos inconclusos”; a mi lugar favorito titulado “no leer en caso de destrucción del mundo” o ya de plano a la papelera de reciclaje. O tres: arranco las hojas del cuaderno que tienen un sinfín de post-its de partes agregadas y corregidas, con las esquinas dobladas para (según yo) marcar situaciones importantes; adornadas con millones de tachones que parece ser una clase master de “aprende a tachonear” y letras en diferentes colores para distinguir dónde empiezo y dónde termino, sólo para ser guardadas detrás del cuaderno o dentro del folder manila cuyo título escrito a mano con letra fea dice “apuntes para después”. O para rematar, no sé cómo continuar lo ya escrito, me bloqueo, no sé cuál es el hilo conductor, nada de lo que escribo me gusta; le tachoneo a diestra y siniestra, no sé cómo contar lo que imagino, no sé qué decir ¡maldita sea! Ni siquiera yo sé cómo sigue la historia. Incluso compro cuadernos y libretas bonitas para inspirarme, para usarlos en una bella historia y no en mis clases de rayoneo nivel maestro y ahí están, en el mismo cochinero donde aviento todo para alimentar al monstruo del desorden.

Es entonces cuando paso al punto tres, después al dos, luego al uno y termino con el inicio de este escrito, ¿para qué digo que escribo si no lo hago?

Pero así, de repente, me dan ganas de intentarlo, de retomarlo, de darle otra oportunidad. Los diálogos se forman en mi mente, comienzo a narrar los hechos, la pluma pareciera que se mueve sola, casi no hay tachones y es cuando aquella venita comienza a despertar y sólo falta alimentarla.

Puede suceder dónde sea: en casa, especialmente por las tardes o en la noche cuando el insomnio se hace presente y decide utilizar la hoja en blanco como compañera. En el transporte público cuando quiero escapar de mi alrededor, cuando el libro que estoy leyendo me está aburriendo o el tráfico es mortal y así invierto mi tiempo. Caminando por la calle, subiendo las escaleras eléctricas; en un café y tengo que sacar algo parecido a una hoja de papel para anotar las ideas.

Por eso siempre cargo algún cuaderno y una pluma para cualquier imprevisto. Si no llevo libreta, una servilleta o un ticket del centro comercial sirve; incluso la mano o todo el brazo pueden ser la mejor herramienta para anotar todo sin miedo a que se olvide cuando las ideas, las narraciones o diálogos llegan, porque cuando aparecen, no hay quien los pare; corren y corren sin descanso, como un pizarrón en negro que se va llenando de planas blancas que cobran sentido, pero a una velocidad de espanto. ¡Qué desgraciados! Se entrecruzan porque la velocidad es tan rápida que ellas mismas se tropiezan con sus patitas y me confunden. Hasta parece que lo hacen adrede y se burlan de mi cuando mi muñeca y mi dedo meñique (que lleva años chuequito) me comienzan a doler, mejor dicho, a arder, por querer alcanzar y escribir los que las canijas ideas crean en mi mente.

¡Ah! Pero cuando no traigo bolígrafo o el universo conspira contra mí y la cochina pluma ya no quiere pintar, viene el problema. Me enojo y trato de retener las ideas lo más que puedo. Saco el celular y en una nota o hasta en una conversación de WhatsApp voy escribiendo, con faltas de ortografía o con palabras inexistentes donde las equis y las kas se interponen en las letras. Pero como el universo está en mi contra, la pila del celular se acaba y la historia termina, no hay más porque cualquier idea pasajera y no escrita se queda en el olvido, en la estación de atrás porque no hay donde plasmarla. Mi mente que todo olvida eliminará cada frase o palabra cuando éste se interese más por la hora, el chico guapo que entró al vagón o porque casi me paso de estación.

Pero si he de ser sincera, en el lugar en donde más logro escribir es al aire libre. Cuando estoy en algún parque sin sonidos citadinos, ahí donde el viento me susurra ideas. En ese momento en el que desaparezco del universo y me voy a los propios, a los creados por mí o a los que aún no completo; cuando la naturaleza tiene voces, matices y sensaciones; la mitología se hace presente y la magia se vuelve realidad. Es ahí cuando la pluma camina de manera natural con una sonrisa de satisfacción.

Cuando puedo ser libre, ser yo, sin preocupaciones; cuando nadie me molesta al decirme ve por la ropa o revisa la estufa, sin importarme si lo que escribo tiene continuidad, redacción o coherencia. Es cuando puedo alimentar las ideas con música, aquella musa que siempre me acompaña, cuando se fusiona con el entorno y las notas crean palabras. Con la música las ideas fluyen en el lugar que sea: en la cocina, en el banco, en el baño, en la escuela… en todo momento y con lo que esté cerca: el celular, la servilleta, el cuaderno bonito que compré y no quería utilizar por miedo a arruinarlo por mi fea letra o los millones de rayones; con palabras encimadas, tintas de colores y símbolos como asteriscos, estrellas, círculos y espirales que utilizo cuando agrego una idea en un renglón en el que ya no hay espacio para escribir más y lo coloco ahí para continuar en alguna otra hoja.

Gracias a la música mi mente, mi corazón y mi espíritu se conectan con la madre naturaleza, con las estaciones, los elementos, la biodiversidad; la flora y la fauna, las galaxias, las constelaciones, con el cosmos… y todo cobra sentido, todo lo imposible, a través de la pluma, se vuelve real.

Descifrar, regresar hojas, volver a pasarlas, regresar una vez más en busca de los simbolitos, es como si estuviera escribiendo un codex secreto y ni cuenta me diera ello. Tener que releer porque me perdí de la idea original, rendirme, enojarme, dejar de escribir y volverlo a intentar es parte de lo que hago siempre.

¿Por qué digo que escribo si no escribo? Porque es una afirmación, yo no redacto o expreso con letras, yo imagino, sueño, vuelo, invento, procreo, descubro y vivo mediante la tinta que baila sobre la hoja o mediante los dedos que bailotean sobre las teclas.

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