La batalla y la guerra: prólogo

  Estaban hablando en el parque cuando todo sucedió. Ella estaba muy nerviosa, el motivo de su reunión no era para hablar de asuntos agradables ya que le diría que dejaría de amarlo después de haber llorado por meses debido a su indiferencia; después de haber sufrido tras su amor no correspondido.

  No tenían ni cinco minutos sentados frente a una fuente rodeada de niños y perros cuando las alarmas en las calles comenzaron a sonar sin descanso. Al principio creyeron que se debía a un terremoto, por lo que las personas, asustadas y en orden, comenzaron a caminar hacia las zonas seguras. Menos de veinte segundos pasaron cuando la primera bomba cayó destruyendo por completo los edificios que tenían enfrente. Ella gritó junto con mil estruendos más. Las personas entraron en pánico y comenzaron a correr en círculos sin saber qué hacer. Los automóviles comenzaron a frenar bruscamente, chocando unos contra otros y produciendo más explosiones.

  Él la sostuvo de la mano y tiró de ella para correr hacia un lugar seguro, si es que existía alguno, ya que otro misil explotó a su derecha, lanzando a la gente por los aires, destruyendo coches cuyas sirenas no dejaban de tronar junto con la alarma de emergencia.

  Las personas salían despavoridas de camiones o taxis, atropellándose entre ellos, pisando manos, cabezas y cuerpos sin darse cuenta de si las personas en el suelo eran niños o ancianos. La gente gritaba como loca, cubriéndose el cuerpo con las manos mientras corrían a donde fuera, lo único que deseaban era ponerse a salvo, dejando atrás heridos, muertos, atropellados o calcinados.

  Ella corrió detrás de él, confiando plenamente en el camino que tomaba. El fuego, la desesperación y el humo sumergían a la ciudad en una completa oscuridad que no se vivía tras muchos, muchísimos años atrás. Los dos corrían de la mano hacia cualquier parte, escuchando bombas caer en la lejanía, gritos de desesperación, llanto y destrucción. Esquivaban piedras, vidrio, muros y árboles que se encontraban tirados en el suelo y evitaban a toda costa pasar entre los cuerpos cuyos miembros, sangre y viseras estaban esparcidas por todo el pavimento.

  El olor a humo y carne quemada comenzó a pudrir el aire y ella comenzó a sentir cómo las piernas perdían fuerza, su corazón se le salía del pecho y las lágrimas le corrían sin control. ¿Y si uno de esos muertos era alguien de su familia?, ¿sus padres o hermanos?, ¿incluso alguno de sus amigos o compañeros de trabajo?; ¿y si ese perro, que corría y luchaba en vano para quitarse las llamas que lo cubrían, era el suyo, su mascota, su bebé? Se detuvo debido al pensamiento, cansancio y por el denso humo que le quemaba los pulmones. Escuchó como otra bomba explotaba a lo lejos y no pudo más; se dejó caer para vomitar hasta que vació todo su interior, entrando en un pánico cegador que no la dejó ponerse en pie.

  Debido al impulso él se acercó bruscamente hacia ella y la sostuvo por los hombros. Le decía algo, le gritaba y la obligaba a continuar, pero era imposible, estaba clavada al asfalto, así como los árboles llameantes que luchaban por mantenerse erguidos.

  Un niño corrió frente a ella sin saber a dónde ir, le gritaba a su madre mientras las lágrimas le empapaban la cara cuando una barda le cayó encima, aplastándolo para siempre y sin que nadie se diera cuenta. Ella gritó con desesperación, le salió desde el fondo del alma, con dolor y angustia, imaginándose con terror a su familia aplastada por las paredes de se casa o destrozados por alguna bomba, así como los cuerpos que estaban a su alrededor. Mientras las alarmas seguían sonando atronadoramente, deseó morirse también.

  La abrazó fuertemente, llorando debido al pánico que sentía. Él también se imaginaba a su familia muerta, su vida destruida y veía el horror que se producía a su alrededor. Podría haber corrido y dejarla tirada para salvar su propia vida, pero en cambio le gritaba algo al oído y la abrazaba más y más fuerte, pero ella no escuchaba, no entendía, no respondía; sólo sollozaba hasta quedarse sin respiración, sin poder reaccionar.

  —¡…te quiero! —fue lo único que alcanzó a entender de sus palabras. —¡Te quiero, Yrja!—repitió.

  Ella despertó de repente. Minutos atrás lo había citado para decirle cómo se sentía después de confesarse y no obtener respuesta. Quería decirle lo mucho que lo amaba, lo mucho que lo había extrañado, lo importante que era en su vida y el cambio tan radical que ella había sufrido al momento de enamorarse de él, al momento de amarlo. Le diría que había llorado, que lo había odiado y que después de meses, olvidaría su amor para siempre. Ahora, él le gritaba al oído que la quería, con lágrimas en los ojos, abrazándola como si no quisiera soltarla, como si deseara que cayera una bomba sobre ellos y así poder morir juntos.

  Él le daba fuerzas y ella había jurado protegerlo para siempre, no iba a retractarse en ese instante, en ese momento en el que los dos se necesitaban más que nunca.

  Yrja lo abrazó con más intensidad  y con una fuerza renovada, se puso de pie ayudándolo a seguir sus pasos.

  —Yo también te quiero. —Le sonrió. Un minuto pasó desde que ella se tiró al piso, tiempo suficiente para que el terror de su alrededor se incrementara cien veces más. Por un momento, al estar rodeada de sus brazos, se le había olvidado el horror por el que estaban pasando, como si estar cerca de él eliminara el hecho de que el mundo se estaba cayendo a pedazos.

  La ciudad estaba en llamas y el cielo azul de medio día se veía eclipsado debido al humo negro que crecía por todas partes. Las sirenas dejaron de sonar, los autos estaban encimados y los postes de luz tirados encima de ellos. El pavimento tenía grietas por donde salía agua debido a las fugas; incluso llegaba un vago olor a gas que producía más explosiones en la lejanía. Mucha gente se quedó atascada en el metro subterráneo y los trenes que circulaban por arriba estaban descarrilados, quedando en una forma extraña como si fuese un gusano muerto.

  Algunos lamentos y sollozos se percibían suavemente. Ya no existían gritos desenfrenados, sino una estela de lágrimas y dolor. Algunas personas se arrastraban y otras corrían para ayudar después de que el pánico abandonara su mente. Parecía que todo se había tranquilizado al fin. Unos cinco minutos que parecieron días.

  Se quedaron unos segundos tomados de la mano, viendo su alrededor sin saber qué decir. Una mujer corría hacia ellos, traía en brazos a una niña de tres años, que a su vez cargaba a un gatito gris cuyos pelitos estaban chamuscados, dándole un aspecto de sorpresa permanente. Él corrió para socorrerla.

 Yrja empezó a seguir sus pasos, pero se detuvo al observar que detrás de ella un anciano cojeaba mientras se agarraba la cabeza sangrante. Corrió al lado opuesto de la niña del gato para ayudarlo ya que, a pesar de tener algunos rasguños y perder un zapato, se encontraba en condiciones de socorrer a alguien. Cuando llegó a su lado, utilizó su chamarra para hacer presión en la herida del viejo, quien la miró agradecido. Observó hacia donde se encontraba la mujer y la niña, para cruzarse con la mirada de él, del hombre al que amaba a pesar de todo el daño que cometió en el pasado; pero el pasado ya no existía, ni siquiera un futuro.

  Él la buscó con la mirada, no quería perderla de vista, no ahora después de saber que la amaba también y que a partir de ese momento se tendrían el uno al otro para sobrevivir ante lo que se avecinaba. Le sonrió dulcemente y ella le devolvió el gesto. Fue lo último que vio. Una bomba cayó cerca de él y la mujer del gato, haciendo que todo volara por los aires.

  Su último recuerdo fue la sensación de flotar por los aires y el de su propia voz que gritaba el nombre de él con desesperación: Jacek.

 

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