Pensamiento: El día en el que creí perderte

La tierra se movió de repente. Nadie se lo esperaba. Un terremoto que destruyó edificios, casas y familias. El terror fue sofocante, como el calor que hizo esa tarde de verano.

No conocí la desgracia hasta que salí del subterráneo y me di cuenta de la realidad. El pánico de las personas era respirable, palpable; casi material, como si le pudiera moldear una forma y un aroma, incluso un color, igual al de la pantalla verde del celular que parpadeaba debido a los mensajes que me llegaban sin parar, incluido el tuyo.

—Responde, Rosée. ¿Cómo estás? ¿Todo bien?

Dibujé una sonrisa a pesar de la pena que flotaba alrededor. Te preocupaste y en ese momento de terror y desolación era suficiente con saber que después del desastre pensaste en mí y que tú estabas bien.

Estabas con vida.

La noche llegó así como la agonía. La magnitud del desastre era descomunal. El caos llegó, las compras de pánico, los rescates, la falta de luz, agua, internet y telefonía. La única compañía era la de una vela encendida y la radio de fondo deshaciéndose en noticias.

En la soledad y oscuridad pensé en ti. No habíamos hablado desde el último mensaje, en el que los dos estábamos bien, pero cuando la media noche llegó, los pensamientos terribles se anidaron en mi mente.

¿En serio estabas bien? No existía forma de comunicarme contigo. Quería saber de ti, que estabas a salvo y en un lugar seguro.

La ansiedad y el miedo me recorrieron como el frío que se sentía en la ciudad a pesar del calor del clima. ¿Qué estarías haciendo? ¿Tendrías miedo? ¿Cómo estaba tu familia, tu casa, tu calle? Entendí que no soportaría si por alguna razón te hicieras daño.

¿Qué era ese sentimiento? ¿Por qué me dolía el corazón al pensar que podrías estar mal? ¿Por qué se me llenaban los ojos de lágrimas al creer que por un momento podría perderte?

La humanidad podía desaparecer en un suspiro, en un parpadeo; de un momento a otro, con el simple movimiento de la Tierra, aquella que nos recuerda, al momento de olvidar, que en esta vida no somo nada. Así como el viento que levanta las hojas en otoño, así el mundo puede ponerle fin a la existencia. Así de fugaz estuve a punto de perderte.

Entre todo el caos emocional que se vivió durante esas horas y los siguientes días, yo libraba una guerra interna. De un momento a otro tú podrías haber muerto, podrías resultar lastimado; dejar de existir en este mundo o tener algún trauma o lesión para toda la vida.

No me había puesto a pensar en la fragilidad de tu vida y en lo mucho que ésta me haría falta si no existiera.

Si de la nada dejaras de ser parte del planeta Tierra.

Miedo, tristeza e impotencia fue lo que todos sentimos ante la catástrofe. Me encontraba con mi familia, los que de alguna u otra forma sabían que los quería. Mis amigos estaban bien, los que de igual manera conocían mi cariño por ellos, ¿pero tú?

Estabas bien. Cuando regresó la señal del teléfono confirmé con alivio convertido en lágrimas. No corrías peligro, tu vida estaba a salvo, pero no sabías lo que yo sentía por ti, lo importante que eras en mi vida y sobre todo, la desesperación que sentiría si llegaras a morir.

Tenía que decírtelo. Tenías que saber lo mucho que te quería y el dolor que se apoderaría de mí si en algún momento dejaras de existir. No sólo porque el universo puede cambiar de un día para otro, ni porque puede hacer lo que quiera con nosotros; sino porque no era capaz de permitir, que tu alma dejara de ser parte de este mundo, sin que supieras el gran amor que sentía por ti.

En esa tragedia estuviste a salvo, pero ¿quién podía confirmarme que sería así para siempre? Cuando nos vimos y te abracé como si no te hubiera visto en años, en el que deposité todo el agradecimiento al infinito por verte respirar, sentir tu calor y escuchar tu latir, recalqué que la vida se puede destruir en menos de un segundo y a pesar de que creí perderte, junto a toda la historia que surgió después de ese incidente, aún vives y eso es lo más importante.

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