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Serie de micro cuentos de noche #5: Quédate con el cambio

Era de noche cuando el teléfono sonó. Trabajaba en horario nocturno como repartidor de una farmacia. Miré el cielo. Un torrente de agua caía desde la oscuridad asfixiante de la noche. Sería peligroso salir con la lluvia que se desplomaba como cascadas.

Me puse el impermeable, arranqué la motocicleta y con cuidado empecé el viaje. Todavía ni llevaba media cuadra cuando ya estaba empapado desde la cabeza hasta los pies. Debido al viento el agua se me metía hasta por lugares insospechados.

La lluvia nunca disminuyó en todo el camino, pero al menos ya estaba en lugar. La casa permanecía en completa oscuridad. La tormenta hacía que la fachada se asemejara a la de un cuento de terror. Un relámpago surcó el cielo y alumbró el jardín de enfrente. Parecía que nadie lo había arreglado en siglos.

Toqué la campanilla de metal. Cada vez más el escenario se me hacía el inicio de una mala película de miedo donde el protagonista moría por entrar a una casa como aquella. Me sentí estúpido.

Esperé, pero nadie abrió. Miré por la ventana, sólo se veía negrura y suciedad. Revisé la dirección. A lo mejor me había equivocado. El lugar estaba deshabitado; como una casa fantasma. Tal vez alguien había gastado una broma.

Volví a intentar y la puerta se abrió con un chirrido que me heló la sangre. Una mujer vestida de negro apareció, traía una vela en la mano y una capucha que le cubría el rostro.

—Su pedido, señora —dije muerto de frío y miedo. —Son ochocientos cincuenta, por favor.

La señora metió su mano en el bolso de su vestido y sacó dos billetes. Me los entregó y pude ver su mano huesuda, de piel azulada y con las uñas negras.

—No traigo cambio, señora.

Un olor a putrefacción me provocó arcadas. Su capucha se cayó y reveló el rostro de una mujer arrugada, sin cabello y con los ojos completamente blancos. Una mueca horrorosa, como si fuera una sonrisa sin dientes, atravesó su rostro azulado y nauseabundo.

—No te preocupes, cariño. Quédate con el cambio. —Cerró la puerta y la oscuridad se la tragó igual que a mí.

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