De lunes a domingo
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Microcuentos para leer de noche #7: De lunes a domingo

Me despertó el sonido del celular. Las notificaciones me asustaron tanto que salí disparado de la cama. Agarré el teléfono con enojo. La luz de la pantalla me cegó por un momento. Con un ojo cerrado y el otro abierto, vi la hora. Eran las tres con treinta y tres de la madrugada. De seguro un amigo borracho que quería que le diera asilo en mi casa.

Desbloqueé el celular con dedos torpes y entré al WhatsApp. La foto de perfil era un círculo negro y el número telefónico tenía más de diez dígitos. Tal vez era del extranjero.

Abrí los mensajes, estaban escritos y enviados de manera separada. Después de leerlo, apagué el teléfono y lo aventé al cajón. Me habían despertado para enviarme una estúpida cadena que si no completaba me moriría o algo así. Al día siguiente ahorcaría al responsable de tan patética broma.

—¿Y no sabes quién fue? —me preguntó Dana, una compañera de trabajo.

—No, nadie de los que conozco sabe de lo que estoy hablando —dije molesto.

—Da un poco de miedo, ¿no crees? —tomó el celular para leer el mensaje en voz alta:

Siete historias debes encontrar. Siete vivencias necesitas escuchar. Una por cada día de la semana,

hasta el domingo a la media noche tienes para actuar.

Si quieres sobrevivir: “paranoia

visita inesperada

la historia jamás contada el canto de la ninfa dinero extra

la fotografía y el mensaje”

al final debes relatar.

Siete días, siete historias, siete personas.

¿La misión podrás terminar?

—Es sólo una estúpida cadena—respondí.

—¿Ya viste la hora a la que te la mandaron?

—No tiene importancia.

— Las tres con treinta y tres —dijo— ¿Sabías que esa es la hora de los muertos? —Me entregó el celular y se recargó en el escritorio con interés. —Dicen que se aparecen los espíritus malignos. Y que es la hora donde se une el mundo de los vivos con el de los difuntos.

—¿De dónde sacaste esa información? —pregunté escéptico.

—De internet —dijo como si nada.

Empecé a irritarme otra vez. La persona que me había jugado una broma había investigado una hora terrorífica para hacer más escalofriante su hazaña.

—Es raro, ¿no crees? Un mensaje misterioso a una hora siniestra. O tus amigos tenían muchas ganas de molestarte o el mensaje es verídico. ¿Ya probaste marcar de vuelta?

—¿En serio esto te importa? —Su interés me sacaba de quicio.

—Bueno, yo sí creo en los fantasmas.

—No me vengas con esos cuentos. ¡Los fantasmas no existen!

—Claro que sí. A mí me han pasado varias cosas. Me reí con ganas.

—No me creas. Pero si quieres saber quién fue, ¿por qué no pruebas a llamarle por teléfono?

—Vale, lo haré para salir de esta ridícula conversación.

—Ponlo en altavoz —dijo emocionada. Su insistencia me incomodaba.

El tono de llamada sonó tres veces y cuando respondieron, sentí un escalofrío. La voz del otro lado, una grabación, repetía palabra por palabra el mensaje de texto. Un susurro del que no pude identificar si era mujer u hombre. Dana estaba radiante.

—Yo digo que sí es algo sobrenatural. Lo percibo. Por ejemplo, aquí en la oficina sé que hay alguien, o algo. —Miró a su alrededor como si el “espectro” estuviera escondido detrás del escritorio.

—A ver, cuéntame lo que te ha pasado —dije sin en el más mínimo interés.

—Siempre sucede cuando salgo tarde. Siento que alguien está detrás de mí, como si me vigilara. No sé si es paranoia; como cuando te asustas de tu sombra en una calle oscura. —Empezó a mover las manos con nerviosismo. —Pero lo más siniestro es cuando me despido del guardia de la entrada. Le digo buenas noches, me responde, e inmediatamente después, le dice adiós a alguien detrás de mí, pero cuando volteo no hay nadie. He querido preguntarle, pero tal vez piense que estoy loca. Siento un escalofrío siempre que se despide de la nada, como si le dijera adiós a esa negrura que me persigue.

Me reí de nuevo.

—Tal vez sólo es paranoia. —Mi celular vibró varias veces con fuerza. Los dos saltamos por la sorpresa. Lo revisamos y empecé a sudar frío. Al principio parecía que el mensaje era el mismo, pero había una ligera diferencia que me dejó helado: la palabra “paranoia” estaba tachada, como si me mostrase que ese cuento ya lo había encontrado.

Dana soltó un “vaya” y me miró con los ojos iluminados.

—Creo que entiendo el juego. Debes buscar siete historias que tengan que ver con el tema que te piden. Ya escuchaste el del lunes. Mañana debes buscar “visita inesperada” y relatarlas de alguna manera cuando las encuentres todas.

—Dana, esto es una tontería —dije cansado de la broma. —Tengo trabajo por hacer. Dejemos este tema, ¿vale? —Me giré hacia la computadora, me puse los audífonos y me olvidé del dichoso mensaje.

Al finalizar la jornada me despedí de todos. Dana se quedaría hasta tarde. Recordé su “paranoia” y en mi mente se dibujó la palabra escrita tachada. ¿Sería verdad que tendría que buscar y relatar siete historias? ¿Cómo le haría? Sólo era una estúpida broma, pero cada vez que abría el WhatsApp y veía el número sin identificar, me entraban escalofríos. Si la broma era cierta, ¿dónde encontraría las otras vivencias? ¿Cómo las narraría? Tal vez estaba entrando en paranoia también.

—¿Ya encontraste la segunda historia? —me preguntó Dana emocionada. —Ayer volví a sentir la presencia. Tal vez si hoy te quedas logres entenderme.

—No puedo, tengo cita médica. —Le dije y después la ignoré. No había dormido bien y no tenía humor para bromas tontas.

Todo el día tuve mucho trabajo, incluso salí más tarde de lo normal. Tuve que pedir un Uber para llegar a la cita. El chofer empezó a hacerme plática, algo que me irritó.

—Y usted joven, ¿ha tenido alguna experiencia paranormal?

—¿Qué? —pregunté más violento de lo que pretendía. Ahora resultaba que todo el mundo quería hablar de cosas de fantasmas. Ni siquiera era Halloween.

—Hay personas que no creen, pero cuando yo era niño me sucedió algo espantoso. Nadie me creyó. Sin embargo, a pesar del tiempo, sigo jurando que fue real.

Me recargué en la ventana.

—Cuando tenía doce años, en la calle donde vivía, había una casa abandonada. Muchos niños molestaban a los más inocentes y los obligaban a entrar ahí. Decían que habitaba el espectro de una niña. A mí me fastidiaron mucho, me decían que era un “gallina”. —Hizo una pausa para girar en la calle que me llevaría a mi destino. —Nunca entré, pero me obsesioné tanto que una noche soñé que visitaba la casa y me perseguía la niña. Cuando me levanté, yo estaba en mi cama, a salvo. O eso creí. Escuché cómo algo se movió debajo del colchón. Me asomé y lo que vi fue a una niña demacrada que sonreía con una mueca espantosa. Tardé años en volver a dormir solo. Incluso todavía me da miedo mirar abajo de la cama…

—Por aquí está bien —le dije al chofer.

Al salir, una serie de notificaciones llegaron al teléfono. Miré la pantalla. Los mensajes eran de la persona misteriosa, pero ahora también tenían la palabra “visita inesperada” tachada con una línea fina y espectral.

—¿Cómo te fue ayer? —me preguntó Dana

—El conductor del Uber me contó una historia y la palabra “visita inesperada” ahora está tachada. Mira. —Le mostré el celular.

—¡Increíble!

Era imposible que fuera una broma. Nadie podía saber la historia del chofer. Si todo eso era verdad, tenía que buscar otras cinco historias y contarlas de alguna manera, pero no sabía dónde ni a quién preguntarle.

Al salir del trabajo, empecé a sentir angustia. El día estaba por terminar y no tenía la tercera historia. ¿Dónde podía encontrarla? ¿A quién de mis amigos podría preguntarle? Me sentía tonto y desesperado.

Entré a una librería. Tal vez en algún libro de cuentos de terror encontraría “la historia jamás contada”. Compré varias obras, en mi casa las hojeé, pero ninguna tenía que ver con el tema. Miré el reloj. Eran las diez de la noche. En dos horas me podría morir o algo semejante. ¿En verdad creía que me pasaría eso por un mensaje sin sentido?

Salí a la calle para comprar una cerveza. Necesitaba calmar mis nervios. Un grito horrible me erizó la piel. Un joven salió corriendo en ropa interior de uno de los edificios vecinos. Las personas se alejaron de él, yo me detuve al doblar la esquina. Se acercó a mí con los ojos desorbitados y la trusa a mitad de las nalgas.

—¡La he perdido para siempre! ¡Para siempre! Estaba a punto de terminar su historia, pero me quedé dormido. Ahora ya no aparece en mis sueños. La he olvidado. Sus vivencias se han borrado de mi mente, de mi computadora; es como si nunca hubiera existido ¡Ahora su historia jamás podrá ser contada!

Sorprendido lo detuve por lo hombros. —¿Qué historia?

Ella me visitaba sólo en sueños. Me dijo que tenía que escribir sus memorias sin dormir, pero le fallé y ahora ya no existe rastro alguno de todo lo que me confesó. —Empezó a llorar cuando el policía lo encaminó hacia la patrulla— ¡Ahora su historia jamás será contada!

La puerta del coche se cerró y mi celular vibró al recibir varios mensajes. Sabía lo que contenía.

—¿En serio pasó eso? Es increíble que el mensaje sea real. —Dana estaba radiante. Ella se había convertido en una especie de cómplice. Yo me sentía angustiado. Después de no creer en nada paranormal, ahora debía buscar y contar cuatro historias más para completar la “misión”. —Por cierto, ¿sabías que Mario ya regresó a trabajar?

Mario era de los pocos con los que salía a beber. Se había ausentado de manera misteriosa y nadie supo el por qué. Ni siquiera respondía los mensajes o llamadas.

—Tú te llevas bien con él. Podrías preguntarle cómo está.

—A la hora de la comida lo saludaré —respondí cansado.

A las dos de la tarde vi a Mario sentado en el comedor. Estaba solo y con el rostro hundido por las ojeras.

—¿Cómo te va, Mario? —No respondió. —Luces agotado, ¿te pasó algo? No respondiste mis mensajes, creí que habías tenido un accidente. —Me miró con los ojos apagados.

—Fueron semanas de pesadilla —confesó. —Lo que me sucedió… bueno, no lo creerías.

—Desde el lunes he sido partícipe de cosas que yo no creía y que tampoco entenderías. Cosas de… fantasmas —susurré. —A estas alturas, nada me sorprendería. He estado en contacto con lo extraño y con aquello que no tiene explicación.

—¿De verdad? ¿No estás mintiendo? ¿Prometes no reírte si te cuento?

—Lo prometo. Vamos, ¿qué fue lo que te pasó?

—Sucedió un día que salí temprano del trabajo. Cerca de mi casa hay un bar, pero no lo abren hasta tarde. Cuando pasé ese día, estaba cerrado, pero desde adentro se escuchó cantar la voz de un ángel. Era la voz más dulce del mundo. Me obsesioné, quería saber quién era la que estaba detrás de la voz de ninfa.

Me empezaron a sudar las manos. No podía ser que Mario me estuviera contando la cuarta historia.

—No debí investigar más. —Comenzó a sollozar. —Entré a hurtadillas y la vi. Era un espectro nebuloso que cantaba como los dioses; pero no era hermosa, así como yo creía. Estaba muerta, sangraba de sus muñecas y flotaba en medio de la nada. Le cantaba al dueño del bar, le reprochaba una maldición. No sé. —Se agarró la cabeza y salió corriendo.

Mi celular volvió a sonar varias veces. Me estaba volviendo loco.

—No puedo creer lo de Mario y que las vivencias se estén juntando de una manera… ridícula. —Le conté a Dana al día siguiente. —Nunca tuve un acercamiento fantasmal y ahora la gente me cuenta sus traumas como si yo los interrogara, como si fuera un investigador paranormal.

—Pues es como si te hubieras convertido en uno. Es viernes y de la nada llevas cuatro historias. Lo más inquietante es que se adaptan a los temas. No estás en posición de creer o no en misterios.

—Desearía que la semana terminara ya —dije frotándome las sienes. —Y todavía tengo que ir a comprar mis medicamentos.

Esa noche salí tarde. Afuera el cielo se caía debido a una tormenta. Tomé un taxi, el tiempo se me acababa, pero no fue hasta que llegué a la farmacia, cuando me topé con la quinta historia.

Uno de los repartidores llegó empapado y con cara de horror. Los trabajadores corrieron para auxiliarlo, pero él sólo balbuceaba. Tenía los ojos abiertos como si hubiera visto un fantasma. Ahí estaba mi historia.

El reloj marcaba pasadas las once de la noche. Necesitaba que me contara su experiencia lo antes posible.

—¿Qué te pasó? —Nadie dijo nada. El chico me miró. Parecía que sus ojos se le saldrían de pavor. No dejaba de temblar.

—Fui a entregar unas medicinas, pero la casa estaba sumida en la oscuridad, parecía embrujada. Creí que nadie me abriría, pero me recibió una anciana. No sé si estaba viva o muerta. Su piel estaba verdosa, tenía los ojos blancos y le faltaban los dientes. Me pagó, pero yo no tenía cambio. Me dijo, mientras sonreía, que me lo quedara. —Me enseñó un billete de gran denominación. — Su aspecto era como el de un zombi.

Algunos de los trabajadores se fueron para reírse de él. Mi celular vibró varias veces y el reloj marcó las doce de la noche. Una mujer se quedó con nosotros. Le quitó la chamarra empapada.

—Te entiendo— le dijo. —Hace años tuve una experiencia similar. Vi la fotografía de una niña muerta y me burlé de ella por días. Dije que era falsa. —Me miró con miedo— Hay que respetar a los muertos porque la joven de la fotografía se me apareció para advertirme. Fue horrible. Hasta la fecha no puedo quitarme esa imagen de la cabeza, le tengo pavor.

Mi celular volvió a vibrar. No lo podía creer.

Apenas salió el sol, me levanté y salí de mi casa. Como un auténtico detective, el sábado y parte del domingo me dediqué a recabar más información sobre las historias que había escuchado esa semana. Fui a los lugares protagonistas de las historias; hablé con las personas que confesaron sus miedos y escribí sus memorias en un blog como si fueran cuentos.

El domingo tenía que encontrar “el mensaje”, pero de inmediato supe que no tenía que buscar nada, que la misión ya se había completado al transmitirme la realidad de que el sendero de los vivos y los muertos está más cerca de lo que imaginamos.

Al terminar de escribir las seis historias, describí lo que viví durante toda la semana. Mi celular sonó varias veces. Los siete temas estaban atravesados por siete líneas. Yo no creía en fantasmas, mucho menos en un mensaje siniestro, pero de cierta manera sé que ahora le toca a alguien más encontrar otras siete historias.

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